El rock fue un símbolo de rebelión en sus comienzos. En los años cincuenta, los adolescentes americanos blancos comenzaron a poner discos de Bill Haley, Fats Domino, Elvis, Little Richard, Chuck Berry, etc, cantantes blancos y negros cuyo sonido era definitivamente negro, adaptando los sonidos del blues. Sus padres estaban escandalizados por las letras, de un claro doble sentido sexual, y sobre todo por los bailes que los acompañaban.
En los primeros sesenta, el rock se había domesticado. Todo era soleado, bonito, casto y puro, y blanco, muy blanco. Frankie Avalon, los primeros Beach Boys, y las pelis de fiestas en la playa tranquilizaron a los papás y mamás de las casitas adosados de los suburbios, que pensaron que había pasado la fiebre del rock and roll (a la postre una palabra slang para designar el acto sexual), había pasado a mejor vida.
Pero llegaron los Beatles e invadieron América, Inglaterra y el mundo, volviendo a pasar de matute la esencia del rock original, la rebeldía adolescente, esta vez con mucha coña, inteligencia, y un estilo europeo que también tenían los demás grupos de la invasión británica. Los Rolling Stones llevaron el sexo a la primera plana de los tabloides con su Satisfaction, y ya no hubo vuelta atrás. Esa batalla estaba ganada.
A mediados de los sesenta, el foco de la rebelión pasó de ser generacional, a ser político. La guerra de Vietman empezaba a ocupar todos los noticiarios, y el rock empezó a rebelarse contra un gobierno mentiroso que hacía que miles de chicos fueran a luchar una guerra injusta al otro lado del mundo. Está tendencia llegó a su máximo en el 68-69, entre el Mayo francés y Woodstock en agosto del 69. Las riñas de los papás por llegar tarde quedaban muy atrás. Ahora los niños fumaban marihuana, viajaban por el universo, tiraban ladrillos en las calles de París, y protestaban en Washington delante de la Casa Blanca, con los grupos de la costa Oeste, los Stones y Jimmy Hendrix de banda sonora.
En los 70 fue todo más artístico que nada. Si hubo rebelión, fue sexual, con el glam rock. Eso hasta llegar a 1977, cuando el punk volvió a patear los morros del establishment.
Los 80 trajeron el rock corporativo. Los Stones seguían ahí, pero la rebelión llevaba 15 años enlatada. Era un circo, un show, atraía grandes masas, y ponía su granito de arena por causas que valían la pena, como el Live Aid, pero de rebelión, cero pelotero.
Hubo que esperar hasta el grunge de principios de los 90 para volver a rebelarse. Esta vez era una mezcla de todo. Se pateaba la América de Reagan, aunque de manera bastante tangencial, era una afirmación del espíritu adolescente, se pateaba el establishment del rock mismo. Por patearse, se pateaba hasta a uno mismo. No duró mucho. A mediados de los 90, con el britpop, se cerró el círculo. se recuperaron los 60, pero en ropa, peinado, y guitarras. Las ideas revolucionarias no estaban ahí.
Y así hasta ahora, entre Coldplays, Strokes, Libertines, Amys, Foo Fighters,´Riahnnas, Ladys Gagas y Adeles. No hay rebelión. Nada, cero. Calidad de la música aparte, el mensaje es limpio. ¿Por qué? Quizá es que todo el mundo está feliz y contento, quizá porque en realidad no hay ya nada contra lo que reberlarse, todo está bien, no hay guerras en el mundo, ni causas que merezcan la pena, los padres son comprensivos con sus hijos adolescentes (de 15 a 35 años de edad), los políticos son seres inteligentes, valientes, y justos, económicamente todo va bien...¿Por qué rebelarse?
En serio, a este mundo le hace falta una banda de rock que le patee en los morros de una vez, que le pegue una patada en el culo, que le espete cuatro verdades bien dichas con cero de corrección política, que le saque los dientes de un puñetazo ideológico a la basura que gobierna el mundo. Como Elvis cuando meneaba sus caderas, como Hendrix destrozando el himno en Woodstock, como los Stones grabando Street Fighting Man en mayo del 68, como los Pistols cantando no hay futuro...
Este mundo necesita el rock como rebelión más que nunca.
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